lunes, 20 de junio de 2011

Viaje en Bambucicleta por los caminos de Sudamerica (Argentina, Bolivia, Brasil).

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Es tan fácil perderse en los laberintos de la rutina cotidiana…

Hoy, como varios de los días previos, me invade una conocida melancolía. Me encuentro otra vez en Rosario, luego de estar casi 4 meses ausente viviendo una historia que jamás quisiera olvidar. Pero el invierno ya anticipado dio su aporte con sus grises nostalgias tempranas, y el quilombo reinante en casa trajo su cuota de angustia que ya me es familiar.

No todos los viajes son iguales, pero este último sin duda fue el más singular de todos los que hice hasta ahora, cuando me encuentro en las puertas de mis 30. Fue atípico por cómo se fue gestando, por la manera en que se fue dando, pero por sobre todo, por haber tenido la fortuna de organizarlo y compartirlo de un modo tan intimo con alguien con quien me terminé entendiendo tan profundamente. Es que con ella nos habíamos visto apenas una sola vez previamente en persona, para luego seguir conociéndonos a través de extensos mails.

Siendo concreto, hoy me encuentro tratando de narrar la historia del viaje que hicimos con Marketa en bambucicletas, durante más de 3 meses pedaleando los caminos de América del Sur. La difícil motivación para sentarme a escribir la encuentro en mi deseo de no olvidar… fueron tantos los aprendizajes y tan invaluables las experiencias vividas, que quisiera poder retener esos cambios de perspectiva y esas visiones tan claras de la realidad antes de que el fantasma de la rutina me induzca a un forzoso cambio de enfoque, adormeciendo nuevamente mi espíritu frente al abrumante tedio cotidiano.

Con Marketa nos conocimos hace más de un año en Bruselas, por un gran amigo en común, cuando yo andaba por esas tierras. Nos vimos apenas una noche y la tarde siguiente, pero las charlas que tuvimos alcanzaron para que nos pusiéramos a pensar de otra manera. Ella venia orgullosa por su trabajo en cooperación internacional como consultora de la Comisión Europea, yo en cambio estaba en un momento más radical y desconfiado frente a las instituciones de caridad humanitaria. Nuestros puntos coincidían en los objetivos, aunque discerníamos en los caminos para llegar. Yo me reía de su confianza en la burocracia, ella de mis planteos excesivamente delirantes… Jamás hubiera creído que tiempo después, la última noche del viaje cuando nos despedíamos en Curitiba, ella conto que una de las primeras dudas e interrogantes acerca del rumbo de su vida, que hasta entonces le parecía más clara, le surgieron luego de esa primer conversación la noche en que nos conocimos…en donde en realidad yo con cierta pedantería le ninguneaba el rol de las instituciones políticas europeas.

Cuestión es que nos caímos muy bien, y la despedida en Bruselas con un fuerte abrazo se transformo en un intenso intercambio de mails los meses siguientes, donde nos fuimos contando de a poco lo que éramos, lo que anhelábamos ser, nuestros pensamientos mas retorcidos. Así fuimos conociéndonos, carta tras carta, de manera paciente y sin mediar la presencia física, durante los largos meses que vinieron.

Tiempo después, ella me conto su idea de venir a recorrer Sudamérica de mochilera. Me entusiasme de entrada con el plan, y me di por aludido como si fuera una propuesta, que acepte redoblando la apuesta: hacer ese viaje juntos en dos bicicletas de bambú, que yo iba a diseñar y construir para tal ocasión.

El proyecto de las bicicletas de bambú ya hacia como 5 años que me tenía andando y trabajando, y este era quizás el momento adecuado para ponerle el broche de oro, el viaje sudamericano pedaleando que le había dado origen en mis sueños tempranos. Es que la intención inicial de construirme una bici, allá por esos años pasados, había surgido con el fin de poder usar esos modelos de bicicletas para viajar por nuestras tierras. Si bien desde entonces ya había hecho varios viajes en donde fui con bicicletas de bambú construidas por mí, todavía nunca había hecho ese tan anhelado viaje inicial en donde cortaría con todos los lazos cotidianos para lanzarme pedaleando desaforado a la ruta con la intención de no volver la vista atrás durante largas semanas, pudiéndome así sumergirme en una realidad diferente.

Por otro lado, este era el momento indicado para intentar hacer ese viaje, pues después se iría complicando cada vez más: Desde hace tiempo que se han sumado al proyecto de las bambucicletas dos grandes amigos personales, Chipo y Nino, con quienes trabajamos para llevar adelante como emprendimiento una idea que hasta hace poco para muchos parecía utópica. Los detalles de cómo venimos remando los últimos años contra viento y marea para poder sacar a flote la empresa trascienden estas memorias de viaje, pero estoy convencido de que son dignos de un libro entero. Es incontable la cantidad de inconvenientes y trabas de todo tipo que uno encuentra cuando quiere hacer un emprendimiento autosustentable. Por eso ellos también han venido esforzándose y pasado carencias para que podamos dar vida a una empresa propia, y es inmensa la dificultad que esto presenta, mas cuando se involucran cuestiones innovadoras que no tienen tanto parámetro de comparación en el mercado. Los últimos meses fueron de crecimiento ininterrumpido, pero a costa de desgastar nuestras vidas en incontables laberintos burocráticos y de logística, como también en cuestiones técnicas y prácticas.

En esos días justamente estábamos llegando a un punto bisagra, pues se estaba tratando de manera avanzada una negociación con un grupo inversor que también está entusiasmado con la viabilidad comercial del proyecto, una fábrica masiva de bicicletas de bambú. Sus primeras propuestas fueron un tanto elevadas en cuanto a pretensiones de control y porcentajes, por lo que era bueno tomar distancia para analizar todo el asunto desde una perspectiva más general que clarificara el panorama, y que permitiera entender los puntos en común para una negociación que fuera más favorable a ambas partes.

La idea que teníamos con Marketa para el viaje era bastante simple, se basaba principalmente en la improvisación: ella vendría a Argentina en enero, pasaría un par de días por Rosario para que combináramos (y nos conociéramos) en cuanto a los detalles, luego ella seguiría de mochilera por la Patagonia y parte de Chile, para después volver a mediados de febrero a Rosario, donde teníamos ya sacado pasaje en tren hasta Tucumán. Desde ahí, seguiríamos en bambucicletas rumbo norte, aunque sin un trayecto definido. La intención era poder ir decidiendo sobre el camino, hablando con los locales y escuchando su visión y sus recomendaciones, más allá de lo que pudiera indicar una guía o un mapa. Si bien el camino hacia el norte desde allí estaba plagado de subidas, también jugábamos con la carta de que no era obligación nuestra hacer todos los km exclusivamente en bicicleta. Estos modelos de bambucicletas los había diseñado para que fueran fácilmente desmontables en caso de querer hacer ciertos tramos en otro medio de transporte (bus, camión, tren, taxi, auto, lo que fuera…), por lo que eso no era un factor limitante, sino al contrario, enriquecedor para el viaje. El objetivo final de ella era Colombia. Para mí, era impreciso: sabía que podía estar afuera un mes para no abandonar tanto tiempo a mis amigos-socios en el proyecto, y mis fondos no me permitían llegar lejos tampoco. Por eso creía que si todo andaba bien, incluida mi convivencia con Marketa, con suerte llegaríamos a la frontera con Bolivia y recorreríamos un poco de ese país. En el medio estaba la Quebrada de Humahuaca, con sus carnavales que se avecinaban, y era una cita a la que no queríamos faltar. Poco entendía en ese entonces del poder inmenso que ejercen estas experiencias en nuestro espíritu, y como sin darme cuenta y desoyendo los pedidos de mis socios para que regrese a poner manos a la obra en el proyecto, iba a extender mis días afuera del país conociendo otras culturas por más de 3 meses. Lo que parecía una escapada larga por el Norte en bicicleta, se transformaría en una aventura de viaje y de vida que me haría replantear muchas cuestiones de mi manera de vivir hasta entonces, y que me dispondrían de otra manera de cara al futuro.

Así fue pasando el tiempo y llego enero, y Marketa a Rosario. Vino con otra amiga de Bruselas, Magali, a pasar un par de días. Quizás Magali vino también a controlar la situación, no fuera cosa de que Marketa venía a casa y se encontraba con que yo en realidad era un desquiciado que la cortaría en fetas con un machete y se la daría de comer a los perros. Por suerte no fue así, sino que fueron dos días muy intensos en donde quisimos llenar cada espacio de tiempo con alguna actividad. Anduvimos en bici por Rosario, haciendo un tour para mostrarles los atractivos de la ciudad y lo caótico del tránsito. Por la noche, salimos a bailar con mis amigos a un boliche, cosa que no es tan habitual en mí pero que merecía por la ocasión. Nos divertimos mucho, llegando a casa muy entrada la mañana. Finalmente entonces, por primera vez desde que nos conocimos, estuvimos solos y pudimos mirarnos a los ojos, para seguir esa silenciosa charla que había empezado meses atrás. Todas las especulaciones acerca de cómo nos veríamos y sentiríamos en persona luego de habernos conocido tanto por mail estaban quedando afuera. Esos interrogantes fueron cayendo poco a poco como nuestras ropas al suelo. Suavemente nos fuimos desnudando y así mostrándonos cómo éramos realmente, como nos habíamos conocido. Todo fue tan natural que nada hubo que pensar, apenas dejar fluir el lenguaje que ya existía entre los dos.

Rato después, cerca del mediodía, paso Iván a despertarnos del poco sueño que estábamos logrando, para que fuéramos con él al río a empezar una jornada veraniega. Cargamos comida y hielo y encaramos a la guardería a buscar su lancha. El día estaba perfecto, calorcito y sol, ideal para pasarlo en la isla. Fue un día tranquilo, música y bebidas desde temprano, junto con un gran grupo de amigos que estaban ahí desde hacía rato. Así transcurrió la tarde, intercalando algunas zambullidas refrescantes con altos vasos de escabio. Ya cuando caía el sol, en el momento justo para cambiar de ambiente, nos pasaron a buscar en lanchita y cruzamos a una playita parador enfrente, en donde se estaba por largar una terrible fiesta. Así le metimos joda desde recién entrada la noche, en la arena junto al río. Mucha gente, música al palo y luces de colores contrastaban con el inmenso paisaje de la isla. Las estrellas y la luna, el reflejo en las aguas del río con la temperatura justa para bañarse, las fogatas que brillaban a lo lejos…era de esas fiestas en donde uno quisiera quedar atrapado en el tiempo.

Pero el cansancio nos fue ganando, y sobre el final ya estábamos listos para volver… el problema en la isla es que no es tan fácil hacerlo como pensarlo. Así que en una movilización un tanto caótica logramos subir a una lancha (éramos muchos, y había posibilidad de que alguno quedara olvidado en la isla hasta el otro día) y volvimos al terreno de Iván. Ahí bajamos de a poco el ritmo, alrededor de un gran fogón que nos cobijaba de la noche, y contando entre risas todo lo que había sucedido durante ese largo día. Después, siendo una decisión tomada entre quienes manejaban las lanchas, decidimos cruzar a Rosario. Fue un poco difícil ir tanteando en la oscuridad del rio y en sus confusos reflejos el camino de regreso a las guarderías, sin chocar contra algo que se escondiera en la espesura de la noche. Pero haciendo un esfuerzo con la vista y con todos los sentidos abiertos, logramos llegar sanos y salvos. Yo iba en la proa con las pupilas bien abiertas y hasta olfateando el aire. No fuera cosa que nos comiéramos alguna de esas lanchitas que estaban apagadas y silenciosas en la oscuridad. En el medio, hubo tiempo para frenar bajo las luces del puente y hacer una especie de fiestita flotante con la música bien al palo, como para coronar con una imagen así el cierre de una noche memorable.

Los días siguientes, Marketa continuó su viaje hacia el sur, buscando conocer la Patagonia. Yo me quede en Rosario construyendo las dos bicicletas que nos llevarían, y que aun estaban sin terminar. También, estaba a medio construir un carrito de una sola rueda para utilizar como tráiler en la bici y poder cargar más cómodamente el equipaje. Ese fue otro diseño apresurado que no pude finalizar a tiempo.
Asi las largas jornadas sofocantes de enero y principios de febrero fueron transcurriendo, hasta llegar súbitamente la fecha de partida. Esa semana fue una vorágine de actividades en donde apenas tuve tiempo de terminar de armar las bicicletas, así que cuando la cargamos con todo el equipaje recién tenían unas vueltitas de prueba, y no sabíamos ni cómo distribuirlo equilibradamente cuando se nos acerco la hora de partida en tren.

El día estaba nublado, y con todo el apuro que provoca el miedo de perder por retraso el pasaje, salimos pedaleando como pudimos hasta la terminal. Fue todo tan rápido y sin tiempo de reflexionarlo, pero ahora mirando en retrospectiva me doy cuenta de que en ese momento estábamos entrando en otra etapa de nuestras vidas, que a partir de entonces cambiaria nuestra idea acerca de cómo se construyen las aventuras.

Sabía sin embargo que sería un viaje interesante y con muchas anécdotas, así que quise ir llevando un diario con anotaciones diarias. Quien haya intentado hacer esto se habrá dado cuenta de que los sucesos superan a la capacidad de ir anotándolos, sumado a que son tan intensos y constantes esos momentos que uno vive en estos viajes que apenas puede encontrar un minuto libre para detenerse a escribir. Los primeros días me tome el trabajo de la “pausa para anotaciones”, pero en un momento se hizo difícil y apenas pude transcribir los rasgos principales de cada día, en orden cronológico, para que me sirvieran de ayudamemoria futuro, en las horas en que quisiera eventualmente recordar nuestras anécdotas con dulce nostalgia.

Voy a ir reproduciendo las líneas que fui escribiendo durante el viaje, con las acotaciones y detalles que puedo adicionar ahora que pasaron apenas unos días desde mi llegada. Siento que la realidad frenética que hoy encuentro en Rosario me hará ir olvidando de a poco las verdades que fui aprendiendo durante el viaje. Quizás este intento de recopilación me sirva para afianzar esos pensamientos y conclusiones a las que llegue aquellos días, y me ayude a rescatarlos del irremediable olvido al que mi permeable memoria los ha condenado. No voy a negar el hecho de que ir recordando aquellos momentos de alegría tan intensa, me va a traer además aparejado una melancolía sentimental difícil de digerir, producto de tantas felicidades ya sucedidas. Mi intención es recordar y reflexionar acerca de los tantos hermosos momentos vividos durante nuestro viaje sin rumbo, tratando de no sentir tanta nostalgia ante la certeza de que esos alegres momentos ya han pasado.

Fueron unos 100 días de sucesos, que iré transcribiendo de a partes, escribiendo como pueda, en los momentos que encuentre un espacio. No quiero abandonar la tarea hasta finalizarla, pues estos recuerdos corren el riesgo de ir destiñéndose con suma facilidad. Sé que esta metodología de ir narrando cronológicamente los sucesos es harto aburrida, pero en estos días en donde ya todo lo recuerdo tan lejano y difuso, prefiero aferrarme a algún método que me oriente la memoria.


DIA 1
Rosario - Tucumán:

Salimos apurados como pudimos, probando las bicicletas recién en el mismo camino hacia la terminal Rosario Norte. Apenas tuve tiempo de terminar de equipar las bicis, y como buen argentino pude salir del paso fijando todo con alambres. El día estaba nublado y tolerable en cuanto al calor, lo que facilito nuestro andar. Las bicis iban demasiado cargadas en el frente. Se sentían estables y robustas, aunque muy lentas para maniobrar.

Llegamos a la terminal de trenes, y aun no sabíamos que rumbo tomaríamos una vez que entráramos a Tucumán. En la espera conocimos a un antropólogo muy simpático que nos hablo en detalle de tierras paradisiacas, de arroyos y extensas fincas sembradas, de aguas termales y de naturaleza exuberante... pero para llegar a esas regiones deberíamos tomar rumbo suroeste, a Catamarca y La Rioja. Ya ni habíamos arrancado y, como tantas veces sucedería durante el viaje, estábamos sobre la hora decidiendo hacia dónde ir. Pasamos el tiempo de espera a que llegara el tren jugando a marcar con el dedo en el mapa los puntos interesantes que este antropólogo iba narrándonos, con el brillo en los ojos de alguien que recuerda con alegría y deleite imágenes bellas del pasado. Fue ahí en la terminal donde creo que afortunadamente perdimos la guía turística de Argentina que Marketa había traído. Después nos daríamos cuenta que estas publicaciones, si bien ayudan y son positivas en cierto modo para incentivar al viajero independiente a recorrer, terminan determinando un itinerario de viaje muy sesgado, en donde todas las actividades y recomendaciones están pautadas y el flujo de turistas termina viéndose encausado.

El tren que tomamos de la empresa FerroCentral, hay que reconocerlo, es una reliquia que nos recuerda un pasado glorioso en el transporte ferroviario, y nos incentiva a un futuro de reencuentro con los trenes. Para cargar las bicis no tuvimos problemas, pues existe el vagón furgón para llevar equipaje. El único requerimiento, por más que a veces sea una solución ilógica (pero es orden del superior encargado) es quitarle la rueda delantera, como diciendo “ahora sin rueda delantera la bici esta desarmada”. A veces, como en el caso de mi bambucicleta que también tiene alforjas delanteras, desmontarle la rueda no ayuda demasiado en cuanto al espacio, y para colmo resulta más difícil de acomodarla finalmente de manera segura. Quise explicarle esto al chico que trabajaba, pues había lugar de sobra para subirlas armadas sin sacarles nada. Finalmente conversamos con el encargado y las pudimos subir al vagón furgón sin hacer quilombo innecesario.

Con las bicis ya guardadas, pudimos empezar tranquilos nuestra travesía en tren. Fue ideal haber conseguido viajar en camarote, posibilidad que no existe en los ómnibus y que le aporta una gran cuota romántica al viaje. Fueron 19 hs pasando por extensas regiones de nuestro país, pudiendo apreciar todo desde nuestra gran ventana, recostados cómodamente en la cama y sintiendo el suave e hipnótico vaivén rítmico que generan las vías al pasar los vagones sobre ellas. Es muy interesante la perspectiva que proporcionan estos trenes, diferente al habitual recorrido por las rutas de los ómnibus, pues las vías en las ciudades siempre están rodeadas por las construcciones más humildes y provisorias. Así Marketa pudo conocer más de cerca las Villas emergencia, que tan habitualmente se pueden encontrar al pasar por las zonas urbanas.
El viaje en este servicio de tren es muy recomendable, de los únicos que quedan en Argentina hasta su próximo nuevo resurgimiento. Más aun si uno lo hace en camarote. Ahí uno cuenta con dos camas cómodas, un lavamanos y espacio más que suficiente para acomodarse y flashear con la gran ventana al exterior que hace de pared y que permite disfrutar del cambiante paisaje. Además cuenta con un vagón comedor, por lo que uno puede estirarse paseando dentro del tren, yendo a tomar algo, comer algún plato durante la cena o el desayuno, pudiéndose hacer más llevadero el trayecto. Un detalle curioso es que, siendo este tren una formación tan antigua, cuenta con un aire acondicionado que solo funciona en dos puntos: muy fuerte o apagado, sin término medio. Así el comedor se convierte en un microclima invernal en donde uno está obligado a llevarse todo el abrigo que trajo.


Día 2, Tucumán.

Entramos cerca del mediodía a Tucumán. Nuevamente, mucha pobreza en los alrededores. El día estaba nublado y caluroso, se respiraba en el aire esa calma chicha previa a las tormentas. Estábamos en la terminal de trenes rearmando las bicicletas, cuando se nos acercaron a saludar dos chicos que también habían bajado de nuestro mismo tren con sus bicis equipadas. Ellos eran Jeremías y Mariano, y venían desde Buenos aires con la idea de pedalear hasta Humahuaca. Se acercaron porque a Jeremías le había contado de mis bicis de bambú un amigo en común, Adrian, que tenemos en Córdoba. A mí también Adrian me había hablado de Jeremías, quien viaja con un carrito tráiler de bicicleta muy particular, de esos con una sola rueda. Secándonos el sudor que chorreaba ante cada leve movimiento, salimos a pedalear juntos los cuatro rumbo a la plaza central, para buscar un poco de información y orientarnos mejor.

En la plaza hicimos la típica visita a la oficina de turismo, para manguear un mapa y algunas referencias. Jeremías en las alforjas tenía un envase de porrón vacio, así que fuimos a cambiarlo por uno lleno y a brindar en la plaza por un feliz viaje. Fue en ese momento en que se desato la tan preanunciada tormenta, con lluvia contundente que mojaba todo. Resguardamos las bicis bajo un plástico que tenia Jere, en una primera muestra de generosidad por su parte que se repetiría durante los días siguientes.

Cuando paró de llover un poco nos intercambiamos teléfonos y nos despedimos. Con Marketa habíamos quedado en pasar la noche en casa de Marina, una chica que yo había contactado en CouchSurfing unos días antes. Por suerte no vivía tan lejos, y fuimos pedaleando en un ratito. Marina nos recibió muy abiertamente y nos ofreció un tecito y una ducha para recuperarnos de la mojada. Charlamos un rato para presentarnos, hasta que se fue a trabajar, dejándonos las llaves de su casa. Nos quedamos echados un rato, pero después nos fuimos al centro, a encontrarnos con el Arq. Horacio Saleme para hablar sobre proyectos relacionados con el bambú. A él lo conocí en el ecobarrio de Salsipuedes en Córdoba, cuando dio un curso sobre construcción con este material, y nos caímos bien. La idea es que él pudiera participar en la arquitectura de la fábrica de bambucicletas, y ese era uno de los temas a dialogar. Nos encontramos en un barcito cerca de la peatonal para tomar algo, afuera otra vez llovía.

Ya por la noche volvimos a casa de Marina y ella estaba con unos amigos y el novio que había venido de España, haciendo una previa con porrones antes de ir a un recital. Nos quedamos filosofando entre birras un rato hasta que tuvieron que irse, gente muy inteligente y divertida con los que se podía hablar de cualquier cosa. Una lástima que no nos pudimos conocer más.

Nos indicaron unos bolichitos cerca para ir, adivinando bien el estilo que preferíamos. Caímos en uno llamado Playa Girón, en donde a buen precio comimos unos ricos platos, mojitos frescos 2x1, mientras de fondo sonaba una linda banda de jazz. La decoración muy cálida, y en las paredes uno podía leer los versos de la canción homónima de Silvio Rodríguez. Ahí nos reencontramos con Jere y Mariano, para planificar entre más mojitos lo que haríamos al día siguiente. Ellos ya al otro día salían hacia el norte, pero nos proponían hacer juntos a modo de prueba un primer circuito chico para ver cómo nos sentíamos. Es que nosotros por el contrario veníamos muy pachorra llenos de dudas acerca de cuándo arrancar a pedalear y en qué dirección, y asumíamos de entrada quedarnos 1 día más en casa de Marina, para compartir con ella un rato conociendo su ciudad. Pero también éramos concientes de que nosotros dos éramos muy novatos en el cicloturismo, y que eso nos pondría muy dubitativos a la hora de arrancar, por lo que sentíamos que necesitábamos un empujón inicial para ponernos en movimiento. Así que aceptamos la invitación de arrancar al otro día con ellos, y tras un último brindis nos fuimos a dormir, ansiosos ante la exigente pedaleada del día siguiente. Afuera, otra vez, llovía.


Día 3 San Miguel de Tucumán - Cerro San Javier.

1 comentario:

Violeta dijo...

veo estoy y me dan unas ganas de viajaaaaaaaaar!!!!!!!!!
actualmente no me es posible teniendo que pagar todos los meses el alquiler del departamento en buenos aires en donde vivo... pero estoy considerando tomarme una licencia en el trabajo, dejar el depto e irme un tiempo a viajar....... que opinan? muy alocado de mi parte?
agradezco recomendaciones :)